Una huerta que de pronto se hizo grande

Matías Bosco es un joven emprendedor de Villa Mercedes. La familia comenzó a explotar la tierra para consumo propio, pero los rindes fuera de lo normal y el trabajo a conciencia, los llevaron a tener un nuevo medio de vida.


Zapallos por aquí y por allá, de todos los colores y los tamaños. Montañas de calabazas, sandías y melones. En el campo de los Bosco hay tantas hortalizas que parece que en vez de brotar de la tierra, hubieran caído a borbotones del cielo. Sin embargo, esos grandes volúmenes de producción no son fruto de ningún hechizo mágico, sino que tienen un principal responsable. Se llama Matías y es un joven de 26 años que sembró semillas de una gran variedad de hortalizas, obtuvo rindes increíbles y, casi de casualidad, terminó convirtiéndose en un huertero que ofrece la frescura de sus productos en verdulerías y en las ferias comunitarias que el Municipio de Villa Mercedes organiza por los barrios de la ciudad.
Como a la revista El Campo le gustan las historias, recorrió los 20 kilómetros que hay desde el centro mercedino hasta la casa donde Matías Bosco desarrolla su huerta, para conocer un poco más al chico que a pesar de su juventud, le apuesta fuerte al trabajo con la tierra y que forma parte de las nuevas generaciones que con su empuje, le alargan la vida al sector agropecuario.
Nació en Sampacho pero desde niño habita en las cercanías de Villa Reynolds. Es que hace 19 años sus padres decidieron abandonar la región de Suco y Chaján en la provincia de Córdoba, y comprar un campo en tierras sanluiseñas para criar a sus dos hijos (Matías y Jenifer, de 22 años) y desarrollar su actividad ganadera y agrícola.
A cuesta de años de trabajo y esfuerzo, los Bosco construyeron su hogar y fundaron “El Suspiro”, una estancia con producción mixta y en la que, evidentemente, se le animan a todo. “Tenemos cerca de 150 hectáreas donde la peleamos con lo que podemos. Criamos vacunos y cerdos y también hacemos recría y engorde. Incluso en algún tiempo tuvimos ovejas. En agricultura nos dedicamos al maíz y al sorgo, sobre todo”, detalló Daniel, el padre de Matías.
Fue así que desde pequeño Matías aprendió a recorrer los corrales, a cuidar cultivos y a estar en contacto con la tierra. “Nací en el campo, ahí me críe y es algo que llevo en la sangre”, afirmó el muchacho. Por eso, cuando terminó sus estudios secundarios optó por acompañar a su padre en la estancia. “Cuando era chiquito solía agarrar las semillitas de las naranjas y las sembraba, siempre le gustó. Él tenía la opción de seguir una carrera universitaria, pero quiso seguir en el campo. Mi marido le armó un criaderito de cerdos y con eso empezó a hacer sus primeros trabajos”, relató Nora Luna, una madre que contribuye con las labores domésticas y la comida a horario cuando los hombres vuelven hambrientos de las parcelas.
Como buen emprendedor, al poco tiempo de meterse de lleno en la cría porcina, el joven quiso hacerle frente a una producción rural que no es de las más populares en la provincia. Compró algunas abejas y le dio vida a un apiario que llegó a albergar doscientas cincuenta colmenas. “Fue una de las primeras cosas a las que me dediqué cuando terminé el colegio. Hago miel que se vende en tambores a los comisionistas. Ellos compran para empresas que exportan la materia prima a otros países. Hay muchos apicultores en la zona, pero no tenemos una producción tan grande, por eso la Cooperativa Apícola Río Quinto nos ayuda a venderla en conjunto y a conseguir un mejor precio”, contó Matías.
Desde el año pasado sumó a su repertorio un nuevo negocio con el que se encontró casi por azar. Todos los años en “El Suspiro” cultivan algunas hortalizas y verduras para consumirlas en su propia mesa en el almuerzo de todos los días. Sin embargo, en 2014, Matías “se excedió y sembró de más. Y más allá de que regalábamos a uno y a otro, igual teníamos mucho. Entonces se animó a cargarlos en la camioneta y a ofertar en las verdulerías. Fueron los mismos verduleros los que le sugirieron otro tipo de variedades y ya el año pasado se animó a sembrar más”, relató Nora, visiblemente orgullosa.
“Al tener tanto excedente tuve que salir a vender. Pero cuando comenzó la temporada de verano quise sembrar para probar qué tan rentable es la horticultura en la ciudad. Por suerte los resultados fueron buenos y me entusiasmé para continuar”, agregó Matías.
Cerca del 20 de noviembre de 2015, el flamante huertero realizó su primera gran siembra hortícola y, con la ventaja de contar con un campo y disponibilidad de espacio, destinó 10 hectáreas a su emprendimiento. La plantación de semillas incluyó una gran variedad de especies de zapallos: zapallitos verdes, zucchini, angola, calabaza, plomo, inglés, anquito, anquito coquena y anquito pluto. También sembró melones (blancos y amarillos) y sandías (blancas, negras y rayadas). En su cosecha, Matías también puede presumir un zapallo “gigante” que llama la atención de quienes lo ven en las ferias y muestras. La especie llamada “Pumpkin” proviene de Estados Unidos y es conocida por dar frutos de un tamaño descomunal. Para conseguir las semillas tuvo que moverse mucho y cuando por fin dio con ellas, ya era un poco tarde para la siembra. Por ello, el zapallo no alcanzó a su peso máximo. Aún así, marcó 52 kilos en la balanza y Matías prometió volver a sembrarla en la próxima temporada para obtener los cien kilos que puede llegar a pesar.
Los cultivos dieron tan buenos resultados que llegó a cosechar entre cuatro mil y cinco mil kilos por hectárea, lo que le dio un rinde de casi 50.000 kilos de hortalizas. De todas maneras, un porcentaje tuvo que desecharse porque fue afectado por insectos. Es que la siembra se hizo con muy poca fertilización y son productos prácticamente orgánicos, un factor que sobresale en el sabor y los convierte en alimentos mucho más saludables para los comensales.
“Son muy distintos a los que uno compra por ahí. Es una gran ventaja que yo tengo en la cocina porque siempre cuento con verduras y hortalizas bien fresquitas, cortadas directamente de la planta, y eso se nota”, evaluó la madre. El muchacho agregó que, “todo lo que sea producido en la zona siempre va a ser de mejor calidad porque no es bueno sacar los frutos verdes. Todas las cosas que se compran afuera se cosechan verdes para que no se golpeen y lleguen bien a destino. Entonces, teniendo los productos en la zona, llegan a la mesa mucho más frescos”.
Sin embargo, al intentar vender sus productos, Matías se topó con la misma dificultad con la se enfrentan todos los horticultores locales. “La gente está muy acostumbrada a traer las verduras, las hortalizas y las frutas de otras provincias. Entonces, es difícil porque te quieren pagar muy poco sin tener en cuenta que ellos pagan flete y se les encarece mucho más traer los cajones. Pero de a poco se va vendiendo de todo”, sostuvo. “El sabor es totalmente distinto. Acá todo se saca maduro y va directamente a la mesa, sin agregados químicos, son productos de confianza”, enfatizó Daniel, quien admitió que siempre le gustó la horticultura pero que el proyecto fue de su hijo.
Casi el 95% de las frutas, verduras y hortalizas que se consumen en San Luis son importadas. Por eso una de las premisas que se propuso la actual gestión del Ministerio de Medio Ambiente, Campo y Producción es reactivar la producción frutihortícola puntana. Hace poco, el ministro Cristian Moleker se reunió con productores para desarrollar un mercado concentrador en la capital. En Villa Mercedes, desde hace algunos años el Municipio y el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) intentan fomentar las huertas familiares y comunitarias.

 

Vía: el diario de la república

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